EDUCAR PARA LA MUERTE

“Allí donde comienza la conciencia comienza también la claridad”

(Zambrano 2007)

"Es una apertura para la formación que se apoya y construye desde la muerte como un ámbito de extraordinario potencial formativo. Es un camino para conectar la educación ordinaria con la educación para la conciencia, una rama de este árbol mayor. Desde ella se intentan dar pistas para replantear el sentido de lo que hacemos, tanto en la comunicación didáctica cotidiana como en los momentos que debemos asumir una muerte cercana.” De la Herrán y Cortina (2008: 411)

Educar para la Muerte supone posibilitar un pensamiento crítico y una conciencia integral y holística de lo que somos, quienes somos y de nuestro entorno.

La triada yo conmigo, yo con las otras* y yo con el entorno, desde la conciencia de la Impermanencia y de que los momentos son únicos e irrepetibles, adquiere una dimensión mas real, mas inmediata, de atención plena, de no postergación. Asumir el hecho de morir nos posibilita desprendernos de la dependencia del futuro y de realizarnos y crecer en función de algo que no sabemos si existirá o si lo hará como nos cuentan.

Cuando no nombramos lo que existe conseguimos que no exista y nuestro entorno está plagado de personas creando herramientas y trucos que nos alejan de la única cosa certera que sabemos y es que en algún momento moriremos, dejaremos el cuerpo que habitamos y marcharemos. Dice Verdú (2002), “una enseñanza sin muerte es la muerte absoluta de la enseñanza, porque no tratar de lo que más importa descalifica a cualquier institución sobre el saber”. Nombrar e incorporar de forma natural la muerte en la infancia posibilita una comunidad de personas maduras, libres, conscientes y respetuosas con la vida, la suya, la de las demás y la de la tierra.

Para esto es fundamental incorporar como habilidad personal y social en el currículo académico la Compasión, ella nos permite entender que formamos parte de un todo, que somos seres únicos y que no estamos separados.

Entender que la muerte acontece a cada rato, no sólo físicamente, sino simbólicamente, le aporta otra dimensión a los cambios que suceden en nosotras a diario. Cada día que anochece es un fin, cada año que cumplimos, cada etapa vital que transitamos, cada relación sentimental que se termina... Los fines generan inicios y los inicios fines y es infinito.

 

Educar para la muerte nos pone en contacto con el tiempo, con la memoria histórica, con nuestros ancestros, nuestra genealogía, con la atención plena, con el silencio, con la soledad, con la fugacidad, con la vida, con la belleza de lo cotidiano, con el presente, con la humildad, con el encuentro con una misma, con el sufrimiento.